Norberto James: “Mi signo es el desarraigo”
Norberto James Rawlings, el gran poeta de la diáspora dominicana, vive el otoño de su vida, junto a su esposa Beff y su hijo Tito, en Estados Unidos, donde ha impartido clases en el Boston College y el Boston Latin School.

El tren pitaba y él lo escuchaba. Y su niñez estaba hecha de desarraigos y tristezas. Y él tenía el ansia de vivir refugiada en la mirada. Y esa mirada suya miraba el mundo a su alrededor cayéndose a pedazos: los cañaverales, los niños sin escuelas, los caminos rotos, empezando por aquellos que conducían al futuro. Y el mundo olía a lo que huelen los cañaverales: a injusticia total. Y de allí, del olvido y de la tristeza de la caña, nacieron sus versos.

El nació en San Pedro de Macorís, una provincia rica en pobreza, una tierra bendita que creó riqueza y se quedó en pocas manos; en Consuelo, un lugar sin consuelo que cuenta su pasado a través del polvo del camino, un ingenio donde estaban reunidas todas las tristezas de la caña, que siempre han sido las peores. 

Y así, con ese mundo atrás guiñándole los ojos -mundo con niños sin bicicletas, según nos enteramos en sus versos, los niños descalzos del Central y los viejos trabajadores cañeros, que todavía hoy andan penando para que les reconozcan su trabajo- y con el silbido del tren cañero de fondo, escribió Los inmigrantes, el poema insignia de los cocolos, el himno nacional de los desarraigados. 

Aun no se ha escrito / la historia de su congoja. / Su viejo dolor unido al nuestro.

En sus versos vivían los suyos, Prudy el trompetista; Willy el cochero; Thomas el predicador; Brodie el maestro; Cyril Chalanger el ferrocarrilero; Aubrey James el químico; Violeta Stephen la soprano; y Chico Conto el pelotero; ellos, los de borrosa sonrisa, que pasaron por sus manos y se hicieron eternos. 

Ha pasado el tiempo y Los inmigrantes está ahí, como el testimonio de un olvido mayor. Hoy, al rememorar ese poema y sus motivos, Norberto James dice: “Siento que he cumplido con el objetivo que me había trazado, esto es, darles la bienvenida que no habían recibido al integrarse a la construcción de la dominicanidad”. Y añade: “Definitivamente, ese fue un poema del desarraigo de sus tierras de origen y luego de su patria adoptiva”.

Norberto James (Ingenio Consuelo, San Pedro de Macorís, República Dominicana, 1945), el gran poeta de la diáspora dominicana, vive el otoño de su vida, junto a su esposa Beff y su hijo Tito, en Estados Unidos, donde ha impartido clases en el Boston College y el Boston Latin School. 

Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana, master en Lengua y Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Boston y doctor en Lengua y Literatura Hispánica por esa misma universidad, Norberto James es, ante todo, un gran humanista y un caballero a capa y espada, y según sus conocidos, ceremonioso con sus amigos y cumplido con las damas.

James es visto con un respeto reverencial por sus colegas escritores de todos los países, empezando por el suyo. 

En la calle Padre Billini esquina Santomé, en Ciudad Nueva, el barrio que en 1965 no dejó avanzar ni un palmo a las tropas norteamericanas de ocupación, quedaba la pensión de doña Masita y La Prima. Allí vivió Anthony Ríos, antes de convertirse en el ruiseñor más venerado de su tiempo, y vivió el retratista, hoy olvidado y echado a un lado, Virgilio García. Rafael Solano, el autor de la pieza universal Por amor, un himno que ha derribado todas las puertas y ha abierto todas las ventanas, también fue inquilino de aquella esquina. Allí vivió además un abogado llamado Luis, que era tan antitrujillista que cada vez que sucedía algo, él mismo se iba caminando al cuartel a meterse preso porque sabía que las patrullas lo irían a buscar. Al final, todos los inquilinos de la pensión de doña Masita y La Prima terminaron siendo inquilinos de la historia.

En medio de esa pléyade de jóvenes soñadores que andaban en busca de un mejor tiempo para acomodar sus sueños, vivieron también Andrés L. Mateo y el poeta Norberto James, sin canas, embadurnando cuartillas en una vieja maquinilla de escribir y compartiendo la vida con la frescura que aún tenía. 

Andrés L. Mateo caminó con James desde Santo Domingo a La Habana, y desde Madrid a París, pasando por Checoslovaquia y Moscú, ciudad a la que llegaron un día cualquiera del año 1971, muriéndose de frio como dos desconocidos trashumantes de las islas. 

Casi cinco décadas después de aquellos días, Andrés L. Mateo piensa que la poesía de Norberto James tiene el ritmo de los bateyes y hace esta ponderación de su amigo y compañero de noches dolientes: 

“Su poesía es lenta, morosa, se parece al transcurrir de la vida en los bateyes. Porque Norberto no encuentra otro lugar en la literatura para reproducir su vida que no sea la lírica. La lírica no tiene relación espacio temporal, no tiene sujeto. Quien lee un poema echa a andar una historia que ocurre en el acto de la lectura. Por eso la poesía de Norberto es una lírica con personajes. Cuando no son los “cocolos” telón de fondo de su infancia y referentes épicos de sus angustias, son los exilios y los autoexilios. También el desarraigo, y la nostalgia que en sus textos yace tendida a sus pies como un perro flaco. Norberto no puede ser otra cosa que poeta, y por suerte lo es”.   

Avelino Stanley, Premio Nacional de Novela 1998 y oriundo de la región este, como James, y como James, nacido y criado bajo el silbido de un tren cañero, dice: “Norberto James es el poeta dominicano que con mayor emotividad ha logrado transformar en metáforas las vicisitudes sufridas por los inmigrantes afroantillanos en los ingenios del país”. 

Y Néstor E. Rodríguez, escritor dominicano residente en Canadá, al prologar la edición del libro Recuperable del pasado, en las que el Ministerio de Cultura reunió en 2016 sus poesías completas, ha hecho esta ponderación: “La poética literaria de Norberto James se une a la finura de su artesanía para hacer de su obra, junto a la de don Pedro Mir, el estado más alto de la poesía social dominicana”.

Norberto James forma parte de la Generación del 60, un grupo de escritores que tenía ganas de cantar y urgencia de vivir cuando empezaron a retumbar los primeros tambores de la libertad, tras la dictadura de Trujillo. Y lo hizo a través de la poesía social y de la lucha política. 

James confiesa que Urdimbre del silencio (2000), su cuarto poemario, un libro que chorrea melancolía por todos sus costados y que fue escrito mientras vivía lejos de su tierra, es el que más estremecimientos le causa todavía. Esa obra es utilizada en la Universidad de Birmingham, Inglaterra, en un curso sobre historia y literatura dominicanas, junto al poemario Hotel Cosmos, de Antonio Lockward Artiles, y la novela Tiempo muerto, de Avelino Stanley. 

Los poemas de Norberto James son un pincel para pintar nostalgias. Y en ellos constan todos los atardeceres de su tierra que una vez se ensuciaron de esperanza. Tiene siete libros de poesía publicados, todos compuestos de poemas color trigueño, versos hechos con todos los lucimientos de la nostalgia y con aquellas sombras que una vez se le olvidaron a la luz; poemas de azúcar amarga que se pasaron la vida preguntando, verso a verso, por los dolores de la tierra; poemas llenos de guitarras, de ausencias y tristezas, como todo verso que se respete; una obra que vale todas las puestas de sol y todas las madrugadas reunidas en las manos limpias del poeta a lo largo de su vida.

Había que acostumbrarse a un nuevo sol / a una nueva luna / Yo invento los míos

Inventé para mí esta patria portátil / que me cuelga bien adentro.

¿Cómo se inició su relación con la literatura?

Yo me inicié en la literatura en el año 1962, es decir, en la adolescencia. Me había mudado a la capital para estudiar música en el Conservatorio Nacional y pintura y escultura, en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Buscaba un medio para expresarme.

¿Cuáles fueron sus primeros textos literarios?

Mis primeros textos literarios fueron imitaciones de los salmos de la Biblia y más adelante imitaciones de poemas de Pablo Neruda, específicamente, del Canto General

De todos los sonidos de su infancia ¿cuál de ellos recuerda mejor?

El sonido que recuerdo, y va conmigo siempre, es el del central azucarero, sus locomotoras y silbidos.

¿Puede hacer ejercicio de memoria de aquellos días? Tengo conmigo este fragmento de verso suyo: “infancia que no quiero recordar” y este otro: “Yo no tuve libros ni bicicleta…”

Recuerda que yo nací en el Ingenio Consuelo, que entonces era propiedad de una compañía norteamericana. Las vivencias de ese período, mi subconsciente se niega a retrotraerlas. Me siento, en consecuencia, incapaz de contar mi propia historia.

¿Qué recuerda de aquel inmigrante llamado Aubrey James, su padre, que un día vino con las manos vacías de las islas inglesas a trabajar, se quedó y formó una familia? ¿Qué historias le contaba de niño? (Poema XI de La provincia sublevada: “De mi padre conservo/ igual manera de contar las cosas.”)

Yo no tengo una muy clara imagen de mi padre. Crecí con mi madre y mi abuela. A mi padre lo veía los domingos después de misa y almorzaba con él. Era un hombre muy afable con todos. Conmigo, era distante. Hablaba poco.

La única conversación que recuerdo haber sostenido con él, fue cuando fue a verme en 1963 en la cárcel, La Victoria, a raíz del derrocamiento de (Juan) Bosch. Se limitó a preguntarme mi versión de los hechos. Cuando en el poema la voz poética, dice “conservo igual manera de contar las cosas” se refiere a la forma escueta, a lo sucinto.

¿Tuvo su infancia algo que ver con su poesía?

¡Todo!

¿Usted que nació de ellos, qué recuerda de los inmigrantes de las islas inglesas, de su llegada, de sus trabajos, de la manera de ser, de sus costumbres?

Yo recuerdo una comunidad unida, extremadamente orgullosa, respetuosa y trabajadora.

Siempre se mira a los “cocolos” como unos seres educados, reservados, con respeto ceremonial por su pasado, que cuidan su nostalgia por sus ancestros como un gran patrimonio y que tienen una mirada muy triste ¿Los “cocolos” son la genealogía de la nostalgia?

En cuanto a la nostalgia, yo no generalizaría, diría que son parte de la genealogía de la nostalgia de la voz poética.

¿Qué relevancia ve a “Los inmigrantes” en el conjunto de su obra poética?

Me parece que la valoración de “Los inmigrantes” es tarea de la crítica literaria. Siento que he cumplido con el objetivo que me había trazado, esto es, darles la bienvenida que no habían recibido al integrarse a la construcción de la dominicanidad.

Los inmigrantes fue un poema muy intenso e incluyó gente que nunca había sido “escrita” y que nunca había sido parte de la historia ¿Cómo fue el nacimiento de “Los inmigrantes”? ¿Hubo en su motivación algún hecho en particular?

Al comprar Trujillo la mayoría de los ingenios azucareros durante la década de 1950, buena parte de técnicos azucareros, en su mayoría británicos, empezaron a ser, paulatinamente, remplazados por dominicanos. De manera paralela a esos cambios de personal, se inició un éxodo de cocoloshacia Estados Unidos, Canadá y, en algunos casos, de retorno a sus islas de origen. 

En mi familia, mi madre Dolores Rawlings y dos de sus tres hermanos habían nacido en el país y pese que no tenían formación académica, eran diestros en los oficios que desempeñaban. Lloyd (ingeniero mecánico), Austin (maestro tornero), e Ignacio (electricista de planta). Mi padre, químico azucarero también había aprendido el oficio en la práctica.

La presión de los sustitutos llevaron a muchos otros a procurar colocación en los pocos centrales azucareros extranjeros que quedaban. La incertidumbre estaba presente, en todas las conversaciones que de mis mayores escuchaba. Mi madre, que había trabajado como doméstica en Consuelo, se había mudado a Ciudad Trujillo, junto con tío Ignacio. Austin consiguió un puesto como tornero en La Romana. Tío Lloyd no tuvo que emigrar debido a que no era de fácil sustitución. Era del tipo de mecánico que podía, por el sonido de la fábrica, indicar en dónde había un desperfecto. 

Ese panorama de disolución de la familia, junto con buena parte de la comunidad, conformó el gatillo que disparó en 1969 los versos de “Los inmigrantes.”

¿Puede decirse que “Los inmigrantes” es una metáfora del desarraigo y de ausencia?

¡Definitivamente! Desarraigo de sus tierras de origen y luego de su patria adoptiva.

Los críticos piensan que “Los inmigrantes” es su obra cumbre. ¿Piensa que es una valoración justa?

Yo no cuestionaría esa afirmación. Lo es en cierta medida, porque no he dejado de escribir.

¿Dónde está John Thomas, el predicador, dónde está Whinston Brodie, el maestro, dónde está Prudy Ferdinand, el trompetista, Cyril Chalenger, el ferrocarrilero, Aubrey James, el químico, Violeta Stephen, la soprano, Chico Conton, el pelotero, dónde está Primo, el guloya-enfermero? En fin, ¿dónde están los habitantes de ese poema?

Me parece que la mayoría ha muerto, excepto Prudy Ferdinand y Chico Conton, quienes viven en Nueva York.

Han pasado 42 años desde la publicación de su primer libro. ¿Qué valoración tiene de su propia obra poética y de su evolución?

Esa es tarea de la crítica literaria. No sé si lo he logrado, pero me propongo que cada libro sea superior al anterior.

Entre el libro Sobre la marcha y La provincia sublevada hay un cambio de emociones: de la angustia del primero se pasa a una visión propositiva y esperanzadora en el segundo. ¿Qué pasó entre un libro y otro, en términos personales y en el entorno político y social en que se desenvolvía?

Durante toda mi vida había oído decir, repetidas veces en casa, que no era dominicano, que la mejor prueba eran mis apellidos James Rawlings. Llegó el momento en que debía yo mismo perfilar mi identidad. Me parece que como parte de la búsqueda de ese perfil fueron mis estudios de pintura y música que fueron interrumpidas tras el golpe de Estado. 

Ese año trabajé, durante algún tiempo, en la planta de la Colgate Palmolive. Durante mi permanencia en Bellas Artes entré en contacto con jóvenes artistas (José Ramírez Conde –Condesito-, Cocó Gontier, Norberto Santana) y de alguna manera, las ideas en circulación afectaron mi forma de percibir la realidad y las cosas.

¿Cómo son sus procesos creativos? ¿Cómo nace un poema de Norberto James?

Tiendo a rodearme de música y lo usual es que haga un boceto, que dejo descansar en una gaveta y luego de cierto distanciamiento, lo vuelvo a rescribir podándolo o ampliándolo. En muy pocos casos elaboro un poema en una sola sentada. 

¿Qué dificultades ha tenido que enfrentar para hacer valer su poesía?

Que yo recuerde, ninguna.

Alguien dijo que percibe el aliento de la Poesía Sorprendida en algunos de sus trabajos poéticos, especialmente en “Desatado fervor.” ¿Ud. cree posible alguna conexión?

Yo diría que no. Si me dijeras que se advierte alguna conexión nerudiana, te diría sin vacilación, que sí.

Puede decirse que su último poemario “Patria portátil” es la estación más alta de su nostalgia? ¿Cuál de sus libros le prodigó mayores estremecimientos al momento de escribirlos y cuál de dio más satisfacciones?

El libro que todavía me produce estremecimientos es Sobre la marcha, y el que mayores satisfacciones ha sido La urdimbre del silencio. Sobre la macha tiene esa peculiar cualidad y calidad de primogénito. En él la voz poética se expresa con cautela, enuncia con sumo cuidado.

¿Qué valoración tiene de la poesía dominicana y, desde su perspectiva personal, cómo ha visto evolucionar ese género en la República Dominicana?

La poesía dominicana de los últimos sesenta años ha sido una poesía de grandes méritos, de calidad a la altura de la más destacada de Latinoamérica. De lo que ha adolecido, crónicamente, ha sido de adecuada difusión. No hay, en el país, un órgano, una revista, un suplemento cultural de un diario que dé a conocer la actual producción poética, literaria para ser más abarcador.

¿Qué valoración tiene de los poetas de la Guerra y de los poetas de la post Guerra? (René del Risco Bermúdez, Miguel Alfonseca, Juan José Ayuso, etc.) y de Juan Sánchez Lamouth?

No me parece posible incluir a Sánchez Lamouth entre esos poetas. Para entonces él era un poeta de reconocida obra más cercana a la generación del 48. Ahora comprendo el desliz, porque en algunos libros de texto de literatura dominicana, me viene a la mente, específicamente el de Fernández Rocha donde lo ubican como poeta del sesenta junto con del Risco Bermúdez, Alfonseca, Ayuso, Morrison, Miller y Raful. Como ves, qué valoración mejor de estos poetas que el volumen y calidad de su obra.

Ahora en cuanto a la valoración de los poetas de ese momento me parece que asumieron su rol de hombres y mujeres comprometidos, testigos de aquel momento histórico y lo hicieron como cronistas. No se encerraron en sí mismos. Denunciaron en sus versos lo que había que denunciar y, claro está, con calidad.

Dice Pedro Conde Sturla que la poesía dominicana debe su impulso vital a la Guerra de Abril. ¿Fue necesaria una guerra para que la poesía dominicana tomara impulso y adquiriera nuevas formas?

Yo no diría que fue necesaria la guerra. Si diría que cumplió con su papel de testimoniar de manera lírica los acontecimientos que le tocó vivir plasmándola en una poesía muy diversa. Iría más lejos. Estoy de acuerdo con Alberto Baeza Flores, quien sostiene que de hacerse un estudio comparativo entre los poetas dominicanos de la post guerra y los correspondientes de América Latina, España, Francia, Europa, se vería que estamos entre los testimonios líricos importantes de aquel momento.

¿Qué valoración tiene de la poesía de la década de 1980?

A la hora de tener que hablar de la poesía de los años ochenta, tengo “pelos en la lengua” porque no he leído íntegramente a los poetas de ese momento.

¿Cuándo se fue a los Estados Unidos y por cuáles motivos?

Mi autoexilio a Estados Unidos obedeció a razones económicas y a mis deseos de una formación académica más profunda. Mis años de docencia en la UASD me reconfirmaron esa necesidad y solicité becas a varias universidades norteamericanas. La Universidad de Boston me ofreció una, en 1983 para una maestría y a esa le siguió otra para el doctorado en 1985 el cual completé en 1992. 

Sus poemas en el extranjero no pueden ocultar el dolor de la ausencia (“El extranjero /el desterrado /tiene la impresión de que /sus nostalgias también cambian de lugar)” ¿Puede su obra dividirse en entes y después de su mudanza al extranjero? Dicho de otra manera ¿puede dividirse su obra poética en dos estaciones: la estación del arraigo y la estación del desarraigo?

Parecería una broma si te dijera que no. Ocurre que en todos los países en que he vivido (Cuba, República Dominicana y ahora Estados Unidos) me he sentido extranjero. El desarraigo ha sido mi signo. En República Dominicana me recordaban, con frecuencia, que no era dominicano sino “cocolo.” Aquí me recuerdan que mi patria es África.

Cuando se fue ¿no corrió el riesgo de quedarse sin patria? ¿Cuál es la patria de su hijo?

Mi patria es la lengua española. La de mi hijo es el inglés, Estados Unidos.

Cuando el poeta se fue al extranjero, ¿qué perdió y qué ganó su poesía?

Pienso que ha ganado en que, aunque limitada, es más difundida que antes. Varias universidades me han invitado a hacer lecturas. En el Reino Unido, específicamente, en la Universidad de Birmingham, se imparte un curso sobre historia y literatura dominicana, e incluyen como lectura para ese curso, La urdimbre del silencio, Hotel Cosmos de Antonio Lockward Artiles, así como la novela de Avelino Stanley.

¿Con quién está en deuda su poesía?

Mi poesía está en deuda con Pablo Neruda y, en cierta medida, con Héctor Incháustegui Cabral y Juan Sánchez Lamouth.

Alguien dijo una vez “En literatura la perfección no existe.” ¿Cuál ha sido la aspiración lingüística de su poesía?

Lo dije en el poema que abre mi primer libro, son tres versos de Pablo Neruda: “Escribo para el pueblo /aunque no pueda leer mi poesía/ con sus ojos rurales.”

Según Ovidio, la literatura sobrevive al tiempo mejor que el mármol y el bronce. Si la eternidad le guardara un asiento, ¿qué asiento le gustaría ocupar? ¿Cómo le gustaría que lo recordaran?

¡Como un poeta de la patria! Nada especial.

Por Vianco Martínez/Especial para Acento - 2011

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