Enegildo Peña y la urgencia de fortalecer la gestión cultural y la industria del libro en Santiago

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En Santiago, la cultura no es un adorno de la ciudad: es una forma de memoria, educación, identidad y desarrollo. Esa convicción atraviesa la visión de Enegildo Peña, quien ha planteado la necesidad de profesionalizar la gestión cultural, proteger los espacios emblemáticos y construir una industria del libro capaz de acompañar a los escritores dominicanos desde la creación hasta la circulación de sus obras.

Peña, poeta, escritor, periodista y gestor cultural nacido en Santiago, ha ocupado responsabilidades en la administración cultural y ha participado en la creación de iniciativas literarias de la ciudad. Su trayectoria incluye la dirección provincial y regional de Cultura, así como funciones de subsecretario y viceministro, según un perfil publicado por el medio digital Acento. Desde esa experiencia, su crítica no se limita a señalar carencias: propone recuperar una visión de largo plazo para que Santiago vuelva a ocupar un papel central en la vida cultural del Cibao.

Gestionar la cultura exige preparación

La principal preocupación de Peña es que la conducción cultural no se improvise. Dirigir una institución artística requiere conocer el sector, administrar recursos, diseñar programas, coordinar equipos y comprender las necesidades de artistas, comunidades y públicos.

La formación en una disciplina artística puede ofrecer sensibilidad y conocimiento creativo, pero no sustituye las herramientas de la gestión. Un músico, un actor, un escritor o un artista visual puede tener una obra valiosa sin que eso implique, automáticamente, capacidad para dirigir una institución cultural. La administración cultural demanda planificación, evaluación, búsqueda de financiamiento, comunicación pública y continuidad.

En esa perspectiva, la pasión también es indispensable. Una política cultural sin entusiasmo corre el riesgo de convertirse en una agenda de actos aislados, mientras que una política con creatividad y capacidad gerencial puede transformar edificios en escuelas, museos en espacios vivos y festivales en plataformas para nuevos talentos.

La Escuela de Bellas Artes de Santiago demuestra que existe una tradición formativa que merece ser fortalecida. Sus antecedentes se relacionan con iniciativas de música, pintura y teatro desarrolladas durante el siglo XX; la Dirección General de Bellas Artes señala que la institución fue fundada en 1931 por el músico y compositor santiagués Juan Francisco García. En 2024, el Ministerio de Cultura informó que la escuela contaba con 500 estudiantes en danza, teatro, artes visuales y música, después de una inversión de más de 27 millones de pesos en su remodelación.

📊 Formación artística en Santiago: la Escuela de Bellas Artes reportó una matrícula de 500 estudiantes distribuidos en cuatro áreas artísticas, de acuerdo con información del Ministerio de Cultura.

La existencia de estudiantes, profesores, artistas y organizaciones no garantiza por sí sola una política cultural sólida. Hace falta una estructura que conecte la formación con la producción, la exhibición, la circulación y el trabajo remunerado.

El Centro de la Cultura como patrimonio vivo

La defensa del Centro de la Cultura de Santiago ocupa un lugar esencial en el planteamiento de Peña. El edificio no puede ser visto únicamente como una propiedad disponible para cambiar de uso. Su valor está asociado a la historia de la educación artística y a la memoria cultural de la ciudad.

El Ministerio de Cultura describe el inmueble —antes identificado con el Centro Cultural Ercilia Pepín— como un espacio fundamental para la formación artística en la región Norte. Allí se desarrollan disciplinas como música, pintura y ballet, además de exposiciones, actividades teatrales, presentaciones musicales, cineforos y programas educativos dirigidos a distintos públicos.

La reapertura del centro, tras un proceso de renovación, fue presentada por el Ministerio como parte del plan de recuperación del Centro Histórico y Cultural de Santiago. La institución informó que ese plan contempla una inversión total de 1,200 millones de pesos para revitalizar espacios patrimoniales y culturales emblemáticos de la ciudad, según información oficial del Ministerio de Cultura.

💡 ¿Sabías que? El Centro de la Cultura renovado mantiene una vocación que combina enseñanza artística, exposiciones, espectáculos y actividades educativas para públicos de todas las edades, según el Ministerio de Cultura.

Ese dato ayuda a entender por qué la discusión sobre el edificio trasciende cualquier disputa administrativa. Un centro cultural con aulas, salas y memoria acumulada cumple una función pública que no se mide solamente por la cantidad de eventos realizados. También importa cuántos niños encuentran allí su primera experiencia artística, cuántos jóvenes descubren una vocación y cuántos ciudadanos reconocen en ese espacio una parte de su historia.

La participación privada puede ser valiosa cuando amplía las oportunidades para la ciudadanía, aporta recursos y respeta la función cultural de los espacios. En Santiago existe un antecedente importante: el Centro Cultural Eduardo León Jimenes, institución privada que el Banco Popular ha descrito como uno de los museos más modernos del Caribe. La existencia de ese modelo no elimina la responsabilidad del Estado; muestra, más bien, que la colaboración puede adoptar distintas formas sin sustituir la obligación pública de proteger el patrimonio.

Una red de museos para contar la historia de Santiago

La propuesta de crear una red de museos responde a una pregunta fundamental: ¿cómo puede una ciudad con tanta memoria convertirla en conocimiento accesible para sus habitantes y visitantes?

Santiago posee instituciones dedicadas a diferentes dimensiones de la identidad dominicana. El Museo del Folklore Don Tomás Morel conserva máscaras y disfraces tradicionales del carnaval; el Museo del Tabaco muestra la importancia histórica de esa industria; y el Museo del Monumento a los Héroes de la Restauración presenta una lectura visual de uno de los episodios decisivos de la historia nacional.

El Ministerio de Relaciones Exteriores incluye entre los espacios de interés cultural de Santiago tanto el Museo de las Artes Folclóricas de Tomás Morel como el Museo del Tabaco. Por su parte, el Museo del Monumento fue inaugurado en 2007 y destaca acontecimientos de la Restauración y valores vinculados con la identidad santiaguera, según la Dirección General de Museos.

La idea de una red permitiría conectar esos lugares mediante rutas, programas educativos, boletos integrados, exposiciones temporales y estrategias de promoción. También abriría la posibilidad de incorporar nuevos espacios dedicados a la historia del ron, el tabaco, la música, el carnaval, la migración, la gastronomía, la producción industrial y la vida cotidiana del Cibao.

No se trataría de llenar edificios con objetos, sino de construir relatos. Un museo de Santiago debe explicar por qué la ciudad se desarrolló de determinada manera, cómo sus industrias transformaron la economía regional, qué comunidades participaron en esa historia y cómo las expresiones populares se convirtieron en símbolos dominicanos.

Cultura y turismo: una relación que debe beneficiar a la comunidad

El turismo cultural adquiere sentido cuando convierte el patrimonio en una experiencia de aprendizaje y, al mismo tiempo, genera oportunidades para quienes sostienen la vida cultural. Las rutas patrimoniales, los museos, los murales, los festivales y las presentaciones artísticas pueden ampliar la oferta de Santiago, pero requieren programación constante, conservación, señalización y personal especializado.

Un análisis publicado por Acento sobre la marca cultural de Santiago ha planteado que la valorización del patrimonio natural y cultural debe acompañarse de eventos periódicos, infraestructura y planes de sostenibilidad. Esa perspectiva coincide con la preocupación de Peña: la cultura no puede depender exclusivamente de actividades ocasionales.

El turismo tampoco debe reducir la identidad local a una mercancía. La promoción de expresiones dominicanas como el merengue, el carnaval, la artesanía y la gastronomía tiene mayor fuerza cuando las comunidades participan en su organización y reciben beneficios concretos. Santiago puede proyectarse como destino cultural sin dejar de ser, ante todo, una ciudad para sus residentes.

El escritor dominicano ante un mercado frágil

La situación de los escritores constituye otra de las preocupaciones centrales de Peña. Publicar un libro implica asumir costos de corrección, edición, diseño, diagramación, impresión y promoción. Después aparece un problema adicional: encontrar librerías, distribuidores, ferias y lectores capaces de sostener la circulación de la obra.

En muchos casos, el autor termina desempeñando funciones que corresponderían a una industria editorial completa. Escribe, financia la publicación, organiza la presentación, transporta los ejemplares, gestiona las ventas y busca espacios para promocionarse. Esa carga reduce el tiempo disponible para crear y dificulta que la literatura se convierta en una actividad profesional estable.

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, mencionada por Peña como referencia, cuenta con espacios profesionales para reuniones y negociaciones de la industria editorial. El contraste con el mercado dominicano revela una necesidad concreta: crear mecanismos permanentes que conecten autores, editoriales, librerías, bibliotecas, escuelas, universidades y lectores.

La Editora Nacional cumple una función relevante al publicar obras de autores dominicanos. Sin embargo, la edición de libros especializados y el costo del papel y la impresión pueden limitar el acceso. Una política pública de lectura debe considerar no solo cuántos títulos se publican, sino también dónde se distribuyen, cuánto cuestan y qué instituciones los incorporan a sus programas.

Leer literatura dominicana desde la escuela

La formación de lectores comienza mucho antes de una feria o una presentación literaria. La escuela es el espacio donde muchos ciudadanos conocen por primera vez a los autores del país. Por eso, la enseñanza de la literatura dominicana no debería limitarse a mencionar nombres y fechas: necesita acercar los textos a la experiencia de los estudiantes.

Pedro Henríquez Ureña, Manuel del Cabral, Franklin Mieses Burgos y Juan Bosch forman parte de una tradición literaria que puede dialogar con las preocupaciones actuales. La lectura de sus obras permite conversar sobre la lengua, la memoria, la desigualdad, la identidad, la historia y la imaginación. Pero ese vínculo requiere docentes con recursos, bibliotecas abastecidas y programas que concedan tiempo real a la lectura.

Fomentar lectores también significa fortalecer librerías, bibliotecas públicas, clubes de lectura, talleres y publicaciones accesibles. Santiago cuenta con una comunidad literaria activa y con experiencias como el Taller Literario Líttera, el Círculo de Escritores de Santiago y el Taller Literario Virgilio Díaz Grullón, iniciativas cuya trayectoria ha sido documentada por Acento en su cobertura cultural.

Una agenda cultural con continuidad

La visión de Peña apunta, en última instancia, a una agenda cultural permanente. Una sinfónica regional, un grupo de teatro, una oficina de producción y gestión cultural, programas en los barrios y publicaciones de escritores santiagueros son propuestas que requieren presupuesto, equipos y planificación plurianual.

El Gran Teatro del Cibao, la Escuela de Bellas Artes, el Centro de la Cultura, los museos, el Centro Cultural Eduardo León Jimenes, el Centro Cultural Banreservas y los espacios patrimoniales pueden formar parte de un ecosistema. Para lograrlo, deben trabajar con objetivos compartidos y evitar que cada institución opere de manera aislada.

La defensa de Santiago no consiste en idealizar su pasado, sino en convertir su memoria en una herramienta para el futuro. Una ciudad que protege sus escenarios, publica a sus autores, enseña su historia y ofrece oportunidades a sus artistas está fortaleciendo su propia capacidad de imaginarse.

La cultura santiaguera tiene nombres, edificios, ritmos, relatos y escuelas. Lo que ahora demanda es una gestión profesional y apasionada que los conecte, los cuide y los proyecte. En esa tarea participan el Estado, el sector privado, las universidades, las organizaciones comunitarias, los medios de comunicación y la ciudadanía. El resultado no debe medirse únicamente por la cantidad de eventos, sino por la huella que dejan en la formación, la dignidad y el orgullo de las nuevas generaciones.

¿Qué museo, biblioteca o espacio cultural de Santiago debería convertirse en el próximo gran punto de encuentro para contar la historia viva del Cibao?


Referencias

Perfil de Enegildo Peña y el debate cultural en Santiago (Acento)
Inversión y matrícula en la Escuela de Bellas Artes de Santiago (Ministerio de Cultura)
Historia y funciones del Centro de la Cultura de Santiago (Ministerio de Cultura)
Red de museos y patrimonio en Santiago (Dirección General de Museos)
Santiago como marca cultural y patrimonial (Acento)



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