Hipólito Gómez y la planificación urbana de Santiago: retos y soluciones para una ciudad sostenible

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Santiago crece con una fuerza que impresiona, pero también con una complejidad que exige orden, disciplina técnica y continuidad institucional. En esa conversación inevitable sobre el futuro de la Ciudad Corazón, las advertencias del arquitecto Hipólito Gómez resumen una verdad incómoda: sin mantenimiento, sin normas cumplidas y sin una planificación que sobreviva a los gobiernos de turno, la ciudad termina pagando la factura en inundaciones, caos vial, pérdida patrimonial y vulnerabilidad urbana.

Una ciudad con potencial, pero también con cuentas pendientes

La idea de que Santiago necesita más que obras aisladas no es nueva. Distintos diagnósticos sobre la ciudad coinciden en que su expansión ha sido rápida, desordenada y con efectos visibles sobre la movilidad, el uso del suelo, la infraestructura y la calidad de vida, como recoge el Banco Interamericano de Desarrollo en su hoja de ruta para una Santiago sostenible.
Esa lectura se parece mucho al planteamiento de Gómez: la ciudad tiene instrumentos de planificación, pero carece de seguimiento constante, coordinación y una cultura de cumplimiento que convierta los planes en resultados reales.

El problema, en otras palabras, no es solo diseñar mejor la ciudad, sino sostenerla. Y sostenerla implica revisar drenajes, fiscalizar edificaciones, ordenar usos del suelo, proteger el centro histórico y conectar mejor los barrios para que la vida cotidiana no dependa de atascos, improvisaciones o obras incompletas.

Planificar no basta: hay que dar seguimiento

Una de las ideas más importantes que deja la mirada técnica de Gómez es que la planificación urbana no fracasa por ausencia de documentos, sino por falta de continuidad. Santiago cuenta con marcos de ordenamiento y diagnósticos que señalan con claridad problemas como el crecimiento disperso, la movilidad deficiente y la desigualdad en la distribución de infraestructura, según el Plan Municipal de Desarrollo 2020-2024 del Ayuntamiento de Santiago.
Eso obliga a pensar en un comité de seguimiento, en mecanismos de control y en instituciones que no solo aprueben normas, sino que las hagan cumplir.

La planificación urbana efectiva necesita tres condiciones: visión de largo plazo, capacidad técnica y autoridad para corregir desviaciones. Cuando una ciudad crece sin esa triada, el resultado suele ser una mezcla de expansión horizontal desordenada, presión sobre servicios básicos y deterioro de áreas consolidadas. Santiago conoce de cerca ese riesgo.

Infraestructura, drenaje y mantenimiento: la base invisible de la ciudad

Gómez insiste en un punto que suele subestimarse hasta que llega el problema: el mantenimiento es tan importante como la obra nueva. En ciudades en expansión, los sistemas de drenaje pluvial, las vías, los espacios públicos y las redes de apoyo requieren conservación periódica; de lo contrario, pierden capacidad y terminan generando daños mayores.

Ese enfoque coincide con diagnósticos urbanos que identifican la infraestructura como una de las áreas con mayores márgenes de mejora en Santiago, además de reconocer la necesidad de servicios públicos de calidad, saneamiento y movilidad sostenible, como destaca el análisis del BID sobre sostenibilidad urbana en Santiago.
El caso de los drenajes es especialmente sensible. Cuando una ciudad crece, impermeabiliza más suelo y concentra más flujo de agua, el sistema existente deja de ser suficiente. No basta con limpiar de vez en cuando; hace falta redimensionar tramos, ampliar capacidades y pensar la cuenca urbana como un sistema.

En una ciudad como Santiago, donde la lluvia y la topografía pueden convertir un mal diseño en un problema cotidiano, el drenaje no es un asunto menor: es infraestructura de protección urbana.

Prevención sísmica y cultura estructural

Otro de los avisos más serios de Gómez es la necesidad de revisar las edificaciones con criterios estructurales periódicos, especialmente en un país expuesto al riesgo sísmico. República Dominicana tiene una normativa de diseño sísmico actualizada a través del Código Sísmico Dominicano y de reglamentos complementarios de construcción, lo que refleja que la amenaza es reconocida a nivel técnico e institucional.
Pero tener código no equivale automáticamente a tener control permanente sobre todo el parque construido.

Aquí aparece una distinción clave que Gómez subraya bien: no existen estructuras “antisísmicas” en sentido absoluto; lo correcto es hablar de edificaciones sismorresistentes, diseñadas para reducir el daño y permitir evacuación. Esa precisión técnica importa, porque ayuda a entender que la seguridad no depende de promesas, sino de cálculo, inspección, calidad constructiva y mantenimiento.

La ciudad que envejece también debe inspeccionarse

En una ciudad con décadas de crecimiento acumulado, no todas las construcciones responden al mismo estándar. Las edificaciones antiguas pueden requerir evaluaciones y reforzamientos para verificar su desempeño ante eventos naturales. Esa práctica es coherente con la lógica de reducción de riesgo que distintas estrategias de resiliencia para Santiago han promovido, incluyendo mejoras en prevención, respuesta y mitigación, como resalta el análisis de Listín Diario sobre resiliencia urbana.
La pregunta técnica de fondo es simple: ¿la ciudad sabe cómo se comportarían hoy sus edificios más antiguos si ocurriera un evento extremo? Si la respuesta no es clara, entonces la prevención sigue incompleta.

Crecimiento vertical: sí, pero con suelo, ciencia y zonificación

Santiago no tiene por qué renunciar al crecimiento en altura. De hecho, el ordenamiento urbano contempla desarrollos verticales en áreas específicas, siempre que exista soporte técnico, estudio de suelos y coherencia con la zonificación. Esa lógica aparece también en diagnósticos estratégicos de la ciudad, que advierten sobre límites del uso del suelo y sobre la necesidad de alinear expansión y servicios.
El punto no es solo cuántos niveles puede soportar una parcela, sino dónde y por qué.

La microzonificación sísmica y los estudios geotécnicos son herramientas esenciales para decidir dónde conviene permitir mayor densidad. En ese sentido, la técnica no debe verse como un obstáculo al desarrollo, sino como la garantía de que el crecimiento vertical no se convierta en un riesgo para residentes, inversionistas y el entorno urbano.

Movilidad, interconexión vial y vida cotidiana

La congestión no se resuelve únicamente ampliando avenidas principales. Santiago necesita una red de interconexiones más finas, con vías complementarias que distribuyan el tránsito y conecten sectores hoy aislados entre sí. Esa idea también aparece en la planificación metropolitana y urbana de la ciudad, que insiste en la movilidad como uno de sus ejes críticos.
La propuesta de nuevas conexiones no responde solo a la fluidez vehicular; también afecta tiempos de traslado, acceso a servicios, respuesta a emergencias y competitividad urbana.

Una ciudad bien interconectada reduce presión sobre sus ejes centrales y mejora la calidad de vida. Por eso, hablar de puentes, pequeñas vías alternativas y enlaces entre sectores no es un lujo: es una inversión en funcionamiento urbano.

Patrimonio histórico: identidad que no puede perderse

En el centro histórico de Santiago se juega algo más profundo que la conservación de edificios viejos. Se juega la memoria visual y social de la ciudad. Gómez plantea que el patrimonio debe protegerse con incentivos, no solo con sanciones, y ese enfoque es clave porque conservar cuesta dinero, tiempo y coordinación.
La experiencia internacional muestra que, sin estímulos adecuados, muchos propietarios optan por usos más rentables a corto plazo, como el estacionamiento o la sustitución total del inmueble. Santiago necesita evitar precisamente esa lógica de pérdida irreversible.

La protección patrimonial también es una estrategia urbana inteligente. Un centro histórico cuidado atrae peatones, actividad cultural, comercio de escala humana y sentido de pertenencia. No es un adorno: es una pieza central de la identidad urbana.

Incentivos, no solo castigos

La propuesta de combinar reducciones fiscales, apoyo financiero y alianzas con empresas para restaurar inmuebles históricos tiene mucho sentido en una ciudad que quiere preservar sin congelarse. La conservación patrimonial funciona mejor cuando el propietario siente que mantener la edificación es viable, útil y reconocido por la política pública.
Esa visión es compatible con la idea de una ciudad sostenible: no una ciudad que expulsa su memoria, sino una que la integra al desarrollo.

Santiago necesita una alianza entre técnica y voluntad

Al final, el mensaje que deja la postura de Gómez es claro: Santiago no está condenada por sus problemas, pero sí puede agravarlos si sigue resolviendo solo el presente inmediato. La ciudad necesita mantenimiento continuo, normas urbanas respetadas, códigos estructurales exigentes, inspecciones periódicas, mejor interconexión vial, preservación patrimonial e incentivos que hagan posible conservar lo valioso.
Ese es el desafío real de una ciudad que aspira a ser moderna sin dejar de ser Santiago: crecer con orden, cuidarse a sí misma y defender su identidad como una expresión viva de la República Dominicana.

¿Qué Santiago queremos dejarle a la próxima generación: una ciudad que improvisa o una ciudad que se cuida con inteligencia y orgullo?


Referencias

Hoja de ruta para un Santiago de los Caballeros sostenible – BID
Plan Municipal de Desarrollo del Municipio de Santiago 2020-2024
Normativa sísmica dominicana y reglamentos de construcción
Plan estratégico Santiago 2030 – CIDEU
Diagnóstico Agenda Urbana Santiago 2030


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