Dicen que la esperanza es lo último que se pierde en la vida, porque el ser humano fue creado para triunfar, para ganar todas las batallas que la existencia le presenta en su transitar por los caminos de la realidad. Aun cuando los senderos se muestren pedregosos, con sus vías llenas de espinas y con las calles a oscuras, el hombre persevera en su lucha constante. Somos seres hechos para ser luchadores, para nunca rendirnos, para no quedarnos en el suelo, para mantener nuestras manos levantadas sin importar lo que digan nuestros pies.
En la actualidad, parece fácil rendirse, abandonarlo todo y no perseverar en nada. Las voces externas e internas gritan con fuerza: "Ríndete, no vale la pena seguir, el mundo está corrompido, entrega tu alma a la muerte y acepta tu derrota". Sin embargo, existen otras voces, otros sonidos que animan y dan energía vital a quienes poseen voluntad, coraje y visión clara de su futuro. Estas voces proclaman: "No te rindas, tarde o temprano lo lograrás. No mires tus debilidades, observa más bien tus fortalezas y virtudes, que es lo más importante. Da lo mejor de ti y luego serás feliz".
Es precisamente en este punto donde surge el dilema fundamental, donde aparecen las divisiones, los temores y las grandes cuestionantes existenciales. ¿Qué camino debo escoger? ¿Qué voz tengo que escuchar para que la vida sea digna de vivirse? ¿Será mejor entonces no elegir nada y vivir como si nada existiera, como si todo fuera un cuento de hadas, puras imaginaciones creadas por un yo interior descontrolado?
En una realidad llena de dudas y temores, decidió Jesús nacer entre nosotros. Pero ¿para qué vino? ¿No era mejor que se quedara en el cielo con su padre, donde todo es gracia, paz, amor y justicia absoluta? ¿Es que acaso se le olvidó que se podría corromper al igual que todos los hombres? Desde una concepción egocentrísta e individualista, sería recomendable haber permanecido en las alturas. Pero la falta de fe, el amor infinito y el gran dolor humano hicieron que el Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador, se hiciera pequeño. Tomó la condición de esclavo y pasó como uno de tantos entre nosotros.
Entre luces y sombras nace el Señor, el niño Dios. Con su vida y su ejemplo de humildad nos devuelve lo que la circunstancia, la dejadez y la debilidad humana quieren arrebatarnos: la esperanza. Nos devuelve la capacidad de vivir en la espera de un mundo mejor, de una sociedad unida y responsable con el bien ajeno. Un lugar distinto, un entorno limpio de maldad e inmoralidad. Todo eso Jesús trae consigo. Con su corazón en las manos y con los brazos llenos de bondad, nos dice al hombre que camine sin angustia, que Él lo conducirá hacia la felicidad verdadera. Esta es la promesa que trasciende los siglos y que hoy, en la República Dominicana, continúa inspirando a nuestro pueblo a seguir adelante, a creer en días mejores y a mantener viva la llama de la esperanza como virtud teologal que sustenta nuestros espíritus en medio de las adversidades.
Referencias usadas en Artículo
- Esperanza Dominicana
- Esperanza (República Dominicana)
- Esperanza, Valverde, República Dominicana – Genealogía
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