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Pablo McKinney y la crítica a la comunicación coprológica: un llamado al periodismo responsable en RD

Pablo McKinney explica la comunicación coprológica y llama al periodismo responsable en RD para combatir la desinformación y preservar la credibilidad.

El periodismo dominicano enfrenta un desafío que no nació con las redes sociales, pero que encontró en ellas una velocidad y un alcance inéditos: convertir la mentira, el escándalo y la miseria humana en mercancía informativa. Pablo McKinney llamó a ese fenómeno “comunicación coprológica”, una expresión provocadora con la que invita a examinar qué ocurre cuando comunicar deja de ser un servicio público y pasa a funcionar como negocio de presión, espectáculo o chantaje.

Qué significa “comunicación coprológica”

McKinney explicó el concepto durante una entrevista en el pódcast De Cerca, conducido por Karina Alarcón. Según su definición, se trata de una comunicación construida sobre mentiras y sobre la explotación de las miserias humanas; en sus formas más extremas, puede incluir la fabricación de situaciones y la utilización de personas para representar papeles destinados a producir impacto.

La expresión no describe simplemente un estilo vulgar o una opinión desagradable. Su centro está en la falta deliberada de verdad y en el uso de la información para obtener un beneficio. La crítica apunta a contenidos que presentan como noticia lo que no ha sido comprobado, que convierten el dolor en entretenimiento o que difunden acusaciones con el propósito de generar tráfico, presión o ganancias.

El propio McKinney estableció una diferencia esencial: criticar a una persona no constituye, por sí mismo, una mala práctica. La crítica forma parte de la libertad de expresión y del debate democrático. El problema aparece cuando se fabrican acusaciones, se difunden informaciones falsas o se utiliza el ataque público como instrumento para conseguir dinero.

En ese punto, la comunicación deja de cumplir una función periodística. Ya no procura explicar un hecho de interés público, sino producir una reacción: miedo, indignación, humillación o descrédito. La audiencia puede recibir entonces un contenido emocionalmente potente, pero informativamente débil.

De la denuncia pública al chantaje mediático

Una de las advertencias más severas de McKinney se refiere a quienes atacan públicamente a funcionarios, empresarios u otras figuras y luego les presentan propuestas económicas para detener los ataques. “Ya no hacen comunicación, hacen empresa del chantaje”, sostuvo, de acuerdo con la entrevista publicada por Noticias SIN sobre comunicación coprológica y chantaje.

La denuncia exige separar dos prácticas que a menudo se confunden. Una es investigar una posible irregularidad, publicar evidencias y solicitar respuestas a las personas involucradas. Otra muy distinta es amenazar con publicar —o continuar publicando— una acusación si no se recibe un pago. La primera puede ser periodismo de investigación; la segunda, si se demuestra, no se convierte en legítima por estar difundida en un medio o en una plataforma digital.

Para el ciudadano común, la diferencia no siempre resulta evidente. Un video con muchas reproducciones, una transmisión en vivo o una publicación repetida por varias cuentas puede adquirir apariencia de verdad aunque carezca de documentos, fuentes identificables o una versión de la persona señalada. La popularidad de un contenido no demuestra su exactitud.

Redes sociales y economía de la atención

Las redes sociales ampliaron el acceso a la información y permitieron que más personas participen en la conversación pública. También redujeron el costo de producir y distribuir contenidos. Esa transformación democratizó la palabra, pero creó incentivos para competir por la atención mediante titulares extremos, acusaciones sin pruebas y materiales diseñados para provocar una respuesta inmediata.

McKinney vinculó la comunicación coprológica con esa nueva economía de la atención: cuanto más escandaloso es un contenido, mayores pueden ser sus posibilidades de circular. La lógica favorece la rapidez sobre la comprobación y la reacción sobre la comprensión.

Un análisis publicado por Listín Diario sobre el futuro del periodismo y la desinformación identificó la desinformación y las noticias falsas como desafíos centrales del periodismo digital, precisamente porque las plataformas permiten compartir información de manera masiva y veloz. La dificultad no consiste únicamente en que existan falsedades, sino en que pueden llegar a miles de personas antes de que una redacción tenga tiempo de verificarlas.

El resultado es una conversación pública más ruidosa y, en ocasiones, menos informada. Un rumor puede instalar una sospecha; una sospecha repetida puede convertirse en “versión”; y una versión, sin que aparezca una prueba nueva, puede presentarse finalmente como hecho.

La trayectoria de un comunicador

La reflexión de McKinney tiene peso porque proviene de un profesional con una larga trayectoria en la prensa, la radio y la televisión dominicanas. El perfil publicado por el Defensor del Pueblo sobre Pablo McKinney lo identifica como productor y presentador del programa McKINNEY en Color Visión, además de periodista, escritor y columnista.

Color Visión señala que conduce su programa desde 2003 y lo presenta como periodista, escritor y analista político. Su recorrido también está vinculado a la escritura de opinión y al análisis de la realidad nacional. El Centro León registra su experiencia en periódicos como El Siglo, Hoy, Listín Diario y El Nacional, así como en radio y televisión.

Esa trayectoria explica el énfasis que coloca en la credibilidad. Para quien trabaja durante décadas con su nombre, cada columna, entrevista o comentario contribuye a construir una reputación, pero también puede deteriorarla. La credibilidad no se obtiene por volumen de publicaciones ni por la intensidad de una denuncia: depende de que el público pueda comprobar que el comunicador distingue entre hechos, opiniones, hipótesis y acusaciones.

“Usted debe decir lo que puede probar”

La regla que McKinney propuso para el oficio es sencilla: el periodista debe decir aquello que puede probar. En la práctica, esa exigencia implica investigar, confirmar los datos, confrontar versiones y escuchar a las partes involucradas antes de publicar.

No significa que toda información deba esperar una certeza absoluta. El periodismo trabaja con hechos en desarrollo, documentos parciales y testimonios que deben ser evaluados. Pero sí exige transparencia: explicar qué está confirmado, qué no ha sido posible verificar y quién sostiene cada versión.

Una cobertura responsable también debe distinguir entre un error y una mentira deliberada. El error puede corregirse cuando el medio reconoce la equivocación y ofrece al público la información correcta. La mentira, en cambio, supone presentar como verdadero algo que se sabe falso o que se difunde sin el cuidado mínimo para comprobarlo.

La verificación es, por tanto, una forma de respeto. Respeto hacia la audiencia, que merece información confiable; hacia las personas mencionadas, que no deben ser condenadas por una publicación sin pruebas; y hacia el propio oficio, cuya función social depende de la confianza.

La verdad como patrimonio profesional

McKinney ha sostenido que el periodismo responsable puede ser menos rentable y más laborioso que la comunicación basada en el escándalo. Verificar toma tiempo. Revisar documentos, llamar a las fuentes, solicitar respuestas y corregir una versión incompleta puede resultar menos atractivo que publicar primero.

Sin embargo, la velocidad tiene un límite: cuando un medio pierde credibilidad, también pierde la capacidad de orientar a la sociedad en momentos decisivos. El público puede seguir consumiendo sus contenidos, pero deja de considerarlos confiables. La audiencia permanece; la autoridad desaparece.

El periodista también ha advertido que la objetividad completa puede ser una aspiración difícil de alcanzar. Esa observación no elimina la responsabilidad profesional. Al contrario, obliga a buscar mayor rigor mediante la investigación, la verificación y la disposición a revisar las propias convicciones.

La ética no exige que todos los periodistas piensen igual. Exige que no presenten sus preferencias como hechos comprobados, que no oculten deliberadamente información relevante y que no utilicen el poder de la comunicación para fabricar culpables o negociar silencios.

Ejemplos de irresponsabilidad en la era digital

En la República Dominicana, como en otros países, la comunicación irresponsable puede adoptar varias formas:

  • Titulares engañosos: presentan una interpretación o una acusación como si fuera un hecho confirmado.
  • Videos fuera de contexto: utilizan imágenes reales, pero las relacionan con un lugar, una fecha o una situación distinta.
  • Acusaciones sin derecho a respuesta: difunden señalamientos graves sin contactar a la persona o institución involucrada.
  • Contenido fabricado: crea escenas, testimonios o conflictos para obtener atención.
  • Campañas de presión: combinan ataques públicos con solicitudes económicas para detenerlos.
  • Reproducción automática: comparte una publicación de otra cuenta sin revisar su origen, fecha o evidencia.

Estos ejemplos no deben confundirse con la crítica firme ni con la investigación incómoda. Un periodismo comprometido puede cuestionar al poder, revelar abusos y publicar información que provoque molestias. La condición es que la acusación tenga sustento y que el proceso pueda ser explicado al público.

Una responsabilidad compartida

La calidad de la conversación pública no depende únicamente de los periodistas. Las audiencias también participan en la circulación de los contenidos. Compartir una acusación sin leerla, difundir un audio anónimo o convertir un rumor en denuncia pública contribuye a ampliar el daño.

La respuesta no puede ser silenciar toda crítica ni limitar la libertad de expresión. El desafío consiste en fortalecer una cultura de comprobación. Antes de compartir, conviene identificar el origen de la información, revisar la fecha, buscar otras fuentes y comprobar si la persona señalada ha respondido.

Los medios, por su parte, deben explicar sus métodos y corregir públicamente los errores. Las plataformas pueden mejorar sus sistemas de advertencia y verificación, pero ninguna herramienta sustituye el criterio humano. La educación mediática —la capacidad de reconocer fuentes, identificar manipulación y distinguir hechos de opiniones— debe formar parte de la ciudadanía democrática.

Defender la verdad en tiempos de ruido

El concepto de comunicación coprológica puede resultar áspero, pero su propósito es abrir una conversación necesaria. McKinney no cuestiona la existencia de la crítica; cuestiona que la mentira, la humillación y la explotación del dolor sean utilizadas como materia prima de una supuesta información.

La República Dominicana necesita un periodismo capaz de fiscalizar, preguntar y denunciar sin convertirse en aquello que denuncia. Necesita comunicadores que comprendan que la libertad de expresión no es una licencia para fabricar hechos, y que la audiencia merece algo más que estímulos para indignarse.

En una época en la que cualquier persona puede publicar, la diferencia entre hablar y comunicar responsablemente está en la evidencia. La verdad sigue siendo un patrimonio fundamental del oficio: no porque pertenezca a un grupo profesional, sino porque sin ella la sociedad pierde la posibilidad de deliberar sobre bases comunes. El orgullo por el periodismo dominicano debe estar ligado a esa exigencia: investigar antes de acusar, verificar antes de compartir y proteger la credibilidad como una responsabilidad frente al país.

¿Cómo podemos reconocer y frenar la comunicación coprológica sin renunciar a la crítica firme que necesita la democracia dominicana?


Referencias

McKinney aborda la comunicación coprológica o empresa de chantaje en De Cerca con Karina Alarcón (Noticias SIN)
Cómo se visualiza el futuro del periodismo (Listín Diario)
Perfil de Pablo McKinney como panelista (Defensor del Pueblo)
Trayectoria de Pablo McKinney en la prensa dominicana (Centro León)
Programa McKINNEY en Color Visión


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