La República Dominicana enfrenta una crisis silenciosa que afecta a sus generaciones más vulnerables: la normalización del castigo físico como método de disciplina infantil. Un problema estructural que trasciende el ámbito familiar para convertirse en una cuestión de desarrollo nacional que demanda atención inmediata.
La magnitud del fenómeno es indiscutible. Datos recopilados por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF, junto con la Organización Panamericana de la Salud y organismos nacionales como la Oficina Nacional de Estadística, revelan que aproximadamente seis de cada diez niños, niñas y adolescentes entre uno y catorce años han experimentado alguna forma de disciplina violenta dentro de sus hogares, como expone El 63.5% de los niños y adolescentes en República Dominicana es sometido a disciplina violenta. Esta cifra del 63.5 por ciento no representa casos aislados, sino una realidad estructural profundamente arraigada en la cultura dominicana.
Lo más alarmante emerge cuando se examina a los grupos de menor edad. Entre los niños y niñas de tres a cuatro años, la prevalencia alcanza el 70 por ciento, como analiza El 70% de los niños de tres a cuatro años enfrenta métodos violentos de disciplina en República Dominicana. Precisamente en esta etapa crítica del desarrollo humano, cuando se forma el cerebro emocional y social, nuestros pequeños están siendo sometidos a prácticas violentas que dejan cicatrices profundas y duraderas.
Estas formas de disciplina violenta adoptan múltiples expresiones. La agresión física incluye desde palmadas y nalgadas hasta golpes con objetos como cinturones y chancletas, empujones y bofetadas. La agresión psicológica se materializa en gritos, insultos, humillaciones, amenazas y descalificaciones constantes. Todas ellas, sin excepción, se ejercen bajo la justificación de educar o corregir conductas.
Paradójicamente, existe una brecha significativa entre la práctica y la creencia explícita. Solo el 8.8 por ciento de los adultos cuidadores defiende abiertamente que el castigo físico sea la única manera de imponer respeto y enseñar buen comportamiento. Sin embargo, alrededor del 57 por ciento de los padres dominicanos admite utilizarlo como método disciplinario, según Hogar, zona de peligro: 63% de la niñez dominicana crece bajo la sombra del castigo. En el contexto específico de República Dominicana, el 12 por ciento de los cuidadores aún considera el castigo físico necesario para una buena crianza, cifra que contrasta dramáticamente con países como Argentina, donde apenas el 5 por ciento mantiene esta creencia.
Impacto neurobiológico y emocional
La ciencia ha establecido de manera concluyente lo que muchas familias dominicanas aún desconocen: el castigo físico no educa. Los estudios neurocientíficos demuestran que cuando un niño es sometido a violencia, especialmente durante los primeros años de vida, se genera lo que los especialistas denominan estrés tóxico. Este estrés altera la arquitectura del cerebro en desarrollo, afectando permanentemente los circuitos responsables del aprendizaje, la regulación emocional y la gestión del estrés, de acuerdo con Castigo físico infantil y su impacto en la salud mental en República Dominicana.
A nivel emocional, la violencia normalizada daña profundamente la autoestima de los menores, propiciando inseguridad, falta de autoconfianza y una sensación persistente de soledad y abandono. Los niños que crecen bajo estas prácticas desarrollan una concepción negativa de su entorno y de quienes están llamados a protegerlos, generalmente sus propios padres o cuidadores.
La evidencia científica es contundente respecto a las consecuencias a largo plazo. El castigo físico y la violencia verbal durante la infancia aumentan significativamente el riesgo de ansiedad, depresión, inseguridad emocional y dificultades para manejar el estrés. Estos niños presentan mayores probabilidades de desarrollar conductas agresivas, problemas de aprendizaje y dificultades para construir relaciones interpersonales sanas.
Un dato que revela la urgencia de la intervención: entre 2021 y 2022, los casos de maltrato físico a menores de cinco años aumentaron cerca del 45 por ciento, advierte Violencia física contra niños en RD afecta salud mental y física. Esta tendencia ascendente subraya la necesidad imperiosa de fortalecer los mecanismos de prevención e intervención temprana.
El ciclo intergeneracional de la violencia
La violencia que se normaliza en el hogar no permanece confinada entre cuatro paredes. Se expresa posteriormente en las calles, en las escuelas, en las relaciones de pareja y hasta en la política. Un país que educa con miedo forma ciudadanos que comprenden la fuerza como una forma legítima de autoridad.
El niño que crece bajo castigos físicos aprende, por imitación, que la violencia y la sumisión son las únicas vías para resolver conflictos. Este aprendizaje se perpetúa en la adultez, creando un círculo vicioso donde la persona tiende a reproducir con sus propios hijos los patrones de violencia que experimentó. No es maldad lo que motiva a muchos padres dominicanos a castigar físicamente; es la repetición de patrones heredados, la perpetuación de una práctica que ha sido transmitida generación tras generación.
Una alternativa comprobada: la disciplina positiva
La buena noticia es que existen alternativas científicamente validadas y considerablemente más efectivas. La disciplina positiva, basada en límites claros, comunicación respetuosa y consecuencias sin violencia, ha demostrado ser superior para garantizar el pleno desarrollo y el comportamiento adecuado de los menores.
Este enfoque se sustenta en la premisa de que los niños y niñas necesitan orientación, no miedo. Requieren que sus cuidadores establezcan límites consistentes mientras les transmiten que son dignos de respeto y amor incondicional. La investigación internacional muestra que los países que han apostado por modelos educativos no violentos exhiben mejores indicadores de convivencia social, salud mental y desarrollo integral.
El llamado urgente de organismos internacionales
UNICEF y la Organización Panamericana de la Salud han dirigido un llamado explícito a los gobiernos de la región. Solicitan que se brinden herramientas prácticas a los padres y cuidadores para manejar conflictos y ejercer crianza positiva. Subrayan la importancia de fomentar interacciones más positivas entre padres e hijos a través del juego y actividades compartidas, ofreciendo simultáneamente apoyo para reducir el estrés de los cuidadores mediante orientación y terapia psicológica.
Estos organismos son tajantes en su conclusión: lastimar o amenazar con lastimar a un niño, ya sea física o emocionalmente, no funciona. Causa daño real, afecta la salud integral del menor, dificulta su aprendizaje y puede dañar irremediablemente las relaciones familiares. Además, transmite un mensaje profundamente erróneo: que la violencia es una forma aceptable y legítima de lidiar con los conflictos.
La responsabilidad colectiva
La protección de la niñez no puede seguir siendo vista como un tema secundario ni como una responsabilidad exclusiva de las familias. Es, sin ambigüedad, un asunto de desarrollo nacional que requiere compromiso estatal, inversión pública y movilización social.
No se trata de demonizar a los padres dominicanos. Se trata de reconocer el contexto histórico en el que estas prácticas se han normalizado, de comprenderlo sin justificarlo, y de emprender acciones decididas para romper ciclos históricos de violencia que el país ha tolerado durante generaciones.
La academia, particularmente instituciones como la Universidad Iberoamericana, tiene la responsabilidad de generar evidencia rigurosa y oportuna que oriente decisiones capaces de proteger a la infancia dominicana. Iniciativas como la campaña "Los datos cuentan", impulsada por UNICEF, buscan precisamente dar visibilidad a estas estadísticas para fomentar decisiones informadas y exigir rendición de cuentas institucional, como subraya Niñez atrapada en la violencia cotidiana.
Un futuro posible
Si la República Dominicana aspira a construir una sociedad menos violenta, más democrática y más humana, debe empezar por examinar cómo cría a sus niños. La infancia dominicana no necesita más castigos. Necesita más Estado, más educación emocional integral y más compromiso colectivo genuino.
Cada niño criado con miedo es un adulto que aprende a vivir desde el miedo. Un país que se construye sobre el miedo dificilmente puede cimentar un futuro justo y próspero. Por ello, la solución trasciende el ámbito de las buenas intenciones. Requiere políticas públicas sostenidas, campañas nacionales de educación en crianza positiva, programas de apoyo familiar comprensivo y un sistema educativo que forme también a los padres, no solo a los hijos.
La transformación cultural es posible. Otras naciones han transitado desde contextos de violencia normalizada hacia sociedades donde la crianza respetuosa es el estándar. La República Dominicana, con su riqueza cultural, su compromiso
























































