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Calor de ricos, calor de pobres: Una mirada social y cultural a la desigualdad en República Dominicana

Explora cómo el calor en República Dominicana revela profundas desigualdades sociales y culturales entre ricos y pobres, reflejando la realidad dominicana.

El calor en la República Dominicana tampoco es igual para todos. Mientras el país afronta temperaturas cada vez más altas y fenómenos extremos vinculados al cambio climático, la forma en que se siente y se enfrenta ese calor depende profundamente del bolsillo, el barrio y la historia de cada quien, como explica el PNUD sobre desigualdad y economía verde en República Dominicana y otros organismos multilaterales. Entre el aire helado de los salones con inversores y el sudor espeso de los barrios sin sombra, se dibuja una desigualdad tan antigua como la colonia, pero hoy amplificada por una crisis climática que golpea con más fuerza a quienes menos tienen, según Cáritas en su análisis sobre desigualdad oculta y reportes del Banco Mundial.

Un país caliente… y desigual

La República Dominicana ya es considerada un país de ingreso mediano alto, con una de las trayectorias de crecimiento económico más dinámicas de América Latina en las últimas dos décadas, de acuerdo con el PNUD y el Banco Mundial sobre desafíos del crecimiento inclusivo. El Banco Mundial destaca que el crecimiento dominicano triplicó el promedio regional y ayudó a sacar de la pobreza a 2,8 millones de personas, elevando a la clase media por encima de la población pobre. Pero debajo de ese logro, la distribución de beneficios es profundamente desigual.

Según la CEPAL, en República Dominicana el 1 % de la población con mayores ingresos concentra casi la tercera parte del ingreso nacional, y el 10 % más rico gana más que el 90 % restante combinado, como documenta Cáritas. Informes recientes también señalan que el 10 % con mayores ingresos capta alrededor del 30 % de los recursos del país, acentuando una brecha que se refleja en todos los aspectos de la vida cotidiana, como subraya un análisis de La Información sobre hallazgos de la CEPAL.

📊 Dato clave: En República Dominicana, el 1 % más rico recibe casi un tercio del ingreso nacional, mientras que el 10 % más rico recibe más que el 90 % restante, según Cáritas.

En un contexto así, el calor no es solo un fenómeno atmosférico: es una experiencia social y cultural atravesada por el poder adquisitivo, el tipo de vivienda, el trabajo y hasta el derecho al descanso.

Aire acondicionado para unos, abanicos de mano para otros

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo recuerda que la República Dominicana ya sufre aumento de temperaturas y eventos extremos como inundaciones y sequías, con impactos directos sobre la salud y la economía. Al mismo tiempo, herramientas de análisis de riesgo climático como ThinkHazard sitúan al país en un nivel de peligro “medio” frente a olas de calor, con más de 25 % de probabilidad de episodios prolongados de calor extremo en los próximos cinco años.

Pero no todos viven ese calor igual.

En los hogares de ingresos medios y altos, el calor se enfrenta con tecnología: acondicionadores de aire en cada habitación o sistemas centrales que mantienen la casa a una temperatura constante, incluso mientras las temperaturas externas baten récords, como describe el PNUD y el Banco Mundial sobre protección social y clima. Este “calor domado” se traduce en noches de sueño reparador, comidas seguras en neveras de última generación y teletrabajo posible sin que el sudor empape el teclado.

En los barrios populares, el panorama es distinto. Los ventiladores de techo o de pie —cuando existen— muchas veces mueven aire caliente en viviendas mal aisladas, y los apagones o las altas tarifas eléctricas convierten el uso del aire acondicionado en un lujo prohibitivo, como señala el Banco Mundial y Cáritas. Los hogares más pobres, en muchos casos, ni siquiera cuentan con esos equipos y dependen de abanicos de mano o de sentarse afuera, en sillas plásticas, a “coger fresco” en la calle al caer la tarde.

No se trata solo de comodidad. La exposición prolongada al calor extremo aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares, respiratorias y de deshidratación, especialmente en personas mayores y con enfermedades crónicas, como advierte el PNUD. Estudios europeos han mostrado que la pobreza energética y las malas condiciones de vivienda incrementan la mortalidad asociada a la temperatura, incluso en países ricos, según un informe de ISGlobal sobre desigualdades y mortalidad por temperatura. Aunque ese estudio se centró en Europa, sus hallazgos —regiones más pobres más vulnerables tanto al calor como al frío— ofrecen un espejo inquietante para la realidad dominicana, como también advierte el Banco Mundial.

Casas que protegen y casas que queman

La desigualdad térmica también se construye en cemento, bloque, madera y zinc. Las residencias de las élites y de la clase alta suelen estar diseñadas para enfrentar el calor: techos altos, ventilación cruzada, materiales aislantes, impermeabilización y, en muchos casos, urbanizaciones arboladas con áreas verdes que mitigan el calor urbano, como describe el PNUD.

En contraste, gran parte de la población pobre vive en barrios densos, con casas de bloques sin revestimiento adecuado o de materiales livianos y techos de zinc que absorben y reirradian el calor, transformando el interior en hornos durante el mediodía, como reportan el Banco Mundial y Cáritas. En asentamientos precarios, la falta de áreas verdes, la cercanía entre viviendas y la escasa ventilación generan un efecto de “isla de calor” a pequeña escala: mucho concreto, poco árbol, ningún respiro, como evidencia el estudio de ISGlobal y el Banco Mundial.

Los desastres climáticos agravan esa vulnerabilidad. El Banco Mundial alerta que las inundaciones y tormentas afectan con especial crudeza a la población más pobre, que vive en zonas expuestas y carece de recursos para recuperarse. Cáritas documentó que, tras el huracán Fiona, se reportaron unas 110.000 personas sin acceso a agua potable, casi 9.000 casas dañadas y 43.540 personas desplazadas, con aumento de enfermedades y fuerte impacto en los medios de vida. Cada tormenta que arranca techos y anega casas deja a esos hogares aún más frágiles ante el próximo verano abrasador.

💡 ¿Sabías que? Tras el huracán Fiona, cerca de 110.000 personas quedaron sin acceso a la red de agua potable en República Dominicana, y más de 43.000 tuvieron que desplazarse de sus hogares, según Cáritas.

El calor en la calle: trabajo, sol y desigualdad

El calor también separa a quienes pueden elegir cuándo exponerse al sol y quiénes, sencillamente, no tienen opción. Los sectores con mayores ingresos disfrutan del sol en playas del Este y resorts de renombre, protegidos con bloqueadores solares de alta gama, toldos y bebidas frías, como describe el PNUD. Mientras tanto, miles de trabajadores informales o con bajos salarios realizan sus labores bajo el sol, muchas veces sin protección adecuada.

El Banco Mundial subraya que los desastres climáticos y las olas de calor golpean con más fuerza a quienes ya viven en pobreza, obligándoles a reducir gastos en alimentación, salud y educación para enfrentar esos choques. Vendedores ambulantes en semáforos, obreros en construcción colgados de andamios, trabajadores agrícolas que pasan horas en surcos bajo el sol: todos conforman la cara más visible del “calor de pobres”, donde el sol no es ocio, sino riesgo y obligación, como también señala Cáritas.

Estudios recientes en Europa reflejan que las regiones con más privación social son “sistemáticamente” más vulnerables tanto al calor como al frío, y que la distribución desigual de la riqueza, las condiciones de vivienda y la estructura socioeconómica modulan la mortalidad relacionada con la temperatura, según el análisis de ISGlobal. Aunque el contexto es diferente, la lógica se repite: a menor ingreso, mayor exposición, menor protección.

Bebidas frías, sombra y estatus

La forma de “refrescarse” también es una marca de clase. El turismo —que representó alrededor del 15 % de la economía dominicana en 2022— descansa en una oferta que incluye playas, piscinas y bebidas frías para visitantes y locales que puedan pagarlas, según el PNUD. Piñas coladas, whiskies importados, tartas heladas en heladerías de marca: el consumo sofisticado se convierte en ritual de distinción frente al calor.

En el otro extremo, en los barrios populares, el alivio llega en forma de refrescos de colmado, paletas de hielo de agua con colorante y cocos vendidos en triciclos en las esquinas. La diferencia no es solo de sabor o calidad: es símbolo de un país donde la temperatura del vaso y el tipo de hielo revelan la temperatura de la desigualdad, como ilustra Cáritas.

La alimentación también se resiente. Ante choques climáticos como inundaciones o tormentas, las familias más pobres reportaron recortes en gasto de comida, salud y educación para sobrevivir, según un análisis del Banco Mundial sobre protección social y clima. Menos recursos para alimentarse bien en un país más caluroso implica cuerpos más debilitados frente a golpes de calor, enfermedades y jornadas extenuantes al sol.

Desigualdad, cambio climático y futuro

A escala global, investigaciones citadas por Science y Acento sobre calentamiento global y desigualdad indican que el calentamiento global ya ha ampliado la desigualdad entre países en aproximadamente un 25 % en comparación con un mundo más frío, al beneficiar en términos relativos a algunos países ricos mientras frena el crecimiento de muchas economías en desarrollo. Otro estudio apunta que, sin mitigación, el cambio climático podría reducir la producción económica mundial en un 23 % para 2100.

En el caso dominicano, el PNUD alerta que el cambio climático ya afecta el rendimiento agrícola, incrementa la inseguridad alimentaria, erosiona el turismo y agrava problemas de salud. El Banco Mundial advierte, además, que sin medidas de adaptación o mitigación, 110.000 personas adicionales podrían caer en la pobreza para 2050 debido a los impactos climáticos.

📊 Dato clave: Sin acción climática, unas 110.000 personas adicionales podrían caer en la pobreza en República Dominicana para 2050 por efectos del cambio climático, según el Banco Mundial.

Es decir, si no se cierran brechas, el “calor de pobres” no solo continuará, sino que se volverá más cruel y más numeroso.

Pese a este panorama duro, la sociedad dominicana ha tejido formas creativas de convivir con el calor. Sentarse en la tarde en las aceras o en la galería, compartir abanicos, improvisar sombras con lonas, usar el río como balneario colectivo: son respuestas populares que, además de necesidad, son expresión de comunidad e identidad.

En muchos barrios, la calle se transforma en salón de estar cuando el interior de las casas es insoportable; la socialización, la música y el humor funcionan como válvula de escape. Esa resistencia cotidiana se conecta con una historia larga de supervivencia ante huracanes, sequías y crisis económicas, como relatan el Banco Mundial, Cáritas y el Banco Mundial sobre los desafíos del crecimiento inclusivo. Es un motivo de orgullo: la capacidad de “buscarse el fresco” donde casi no lo hay.

La promesa climática nacional de la República Dominicana, en el marco del Acuerdo de París, incluye la meta de generar 100.000 empleos en acciones de combate al cambio climático, según el PNUD. Si se orienta con una mirada de justicia social —protegiendo a trabajadores vulnerables, mejorando viviendas, ampliando la protección social— esa transición verde podría convertirse también en una transición hacia un “calor más justo”.

Hacia un país donde el calor no marque la clase social

El reto es claro: lograr que el calor deje de ser un marcador de desigualdad. Diversos organismos recomiendan fortalecer los sistemas de protección social —como transferencias monetarias temporales ante desastres—, incentivar medidas preventivas en hogares vulnerables y asegurar que las políticas climáticas consideren explícitamente las desigualdades socioeconómicas, como recomiendan el [PNUD](https://www.undp.org/es/latin-america/blog/8-maneras-de-h

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