Durante décadas, en muchos hogares dominicanos el descanso dependió de una estructura sencilla: un bastidor de alambre, una colchoneta de guata y la habilidad de un hombre que recorría las calles ofreciendo devolverle firmeza a la cama. Su pregón —“eeeeel atesadoooor”— formó parte del paisaje sonoro de ciudades como Santiago de los Caballeros y de otras comunidades del país. Hoy, aquel oficio casi ha desaparecido, pero su recuerdo conserva una historia de trabajo, ingenio y transformación social.
El bastidor que sostenía la vida cotidiana
El bastidor antiguo de cama era una malla de alambres entrelazados en espiral. Se colocaba sobre la estructura de madera o metal de la cama y servía de soporte para los colchones de guata, mucho más sencillos que los modelos modernos. De acuerdo con el recuento publicado por Acento sobre el bastidor morado, este sistema tuvo especial presencia en la República Dominicana entre las décadas de 1940 y 1960, aunque todavía podía encontrarse hasta mediados de los años ochenta en comunidades rurales y sectores urbanos empobrecidos.
La cama de bastidor no fue siempre un signo de carencia. En su momento representó una mejora frente a dormir directamente sobre el suelo, sobre tablas o en soluciones improvisadas. Como ocurre con muchos objetos domésticos, su significado cambió con el tiempo: primero fue una adquisición importante para una familia; después, una necesidad cotidiana; finalmente, quedó asociada a la pobreza y al deterioro material.
Esa evolución demuestra que los muebles no son objetos neutrales. Una cama puede expresar comodidad, aspiración, jerarquía social o precariedad, dependiendo de la época y del entorno. En la sociedad dominicana, el mobiliario del hogar también ha funcionado como una forma de mostrar estabilidad, gusto y posición económica.
¿Qué hacía el atesador?
Con el uso constante, los alambres del bastidor perdían tensión. La superficie dejaba de sostener adecuadamente el peso, se hundía y podía producir un sonido repetitivo cada vez que alguien se movía. El atesador intervenía para recuperar la firmeza de la malla y prolongar la vida útil de la cama.
Su trabajo combinaba fuerza física, destreza manual y conocimiento práctico del material. No se trataba simplemente de reparar una pieza rota: había que identificar dónde se había aflojado el tejido, tensar los alambres y devolverle equilibrio a toda la estructura. En hogares donde comprar una cama nueva no era una opción inmediata, ese servicio podía significar varios años más de uso.
El oficio también revela una economía basada en la reparación. Antes de que se impusiera la cultura de reemplazar rápidamente los artículos domésticos, era común conservar, remendar y adaptar. El atesador formaba parte de esa red de trabajadores que resolvían necesidades concretas en la calle: reparadores, afiladores, vendedores ambulantes y artesanos que llevaban sus servicios directamente a los barrios.
Su presencia era anunciada por un pregón largo y reconocible. La voz debía atravesar patios, callejones y fachadas para que una familia pudiera llamarlo. El carretón o los instrumentos de trabajo completaban una imagen que hoy pertenece a la memoria de quienes conocieron una ciudad con más oficios ambulantes y menos servicios estandarizados.
Del bastidor al colchón de resortes
La transformación de las camas dominicanas estuvo relacionada con la expansión del colchón de resortes o box spring. El artículo de Acento atribuye la creación de una primera versión de este sistema al estadounidense Tyler Howe en 1853, y señala que su llegada a República Dominicana y Colombia ocurrió alrededor de 1950. Según esa misma fuente, su comercialización se extendió de manera masiva durante la década de 1970.
La diferencia no consistía únicamente en cambiar una colchoneta por un colchón más grueso. El nuevo sistema modificó la altura de la cama, la sensación de descanso, la apariencia del dormitorio y la percepción social del mueble. El bastidor quedaba oculto o era sustituido por una base más robusta, mientras el colchón de resortes se asociaba con mayor comodidad y modernidad.
📊 Transición clave: el colchón de resortes comenzó a llegar a República Dominicana alrededor de 1950 y su venta se masificó, según el recuento periodístico consultado, en la década de 1970.
Durante un período de transición, algunos colchones de resortes también fueron colocados sobre bastidores de alambre. Esto muestra que las innovaciones no sustituyen de inmediato a las prácticas anteriores. En muchos hogares, los objetos nuevos se incorporan aprovechando la infraestructura disponible, hasta que la familia puede completar el cambio.
La modernización del dormitorio fue, por tanto, gradual y desigual. En las ciudades con mayor actividad comercial, el mobiliario nuevo pudo difundirse antes; en zonas rurales o en barrios con menores ingresos, el bastidor siguió siendo una solución práctica durante más tiempo. La historia del mueble también es una historia de acceso: no todas las familias podían transformar su hogar al mismo ritmo.
Una palabra que conserva una historia
El término “colombina” aporta otra pista sobre la diversidad de nombres asociados a las camas. La Fundéu Guzmán Ariza explica el uso dominicano de “colombina”, recogiendo que en República Dominicana puede referirse a una cama individual de madera fina, torneada y tallada. En Cuba, en cambio, “colombina” aparece registrada para una cama individual con bastidor de alambre y patas plegables.
La diferencia es significativa porque demuestra que los objetos domésticos viajan entre países, pero no siempre conservan el mismo nombre ni la misma forma. Las palabras se adaptan a las costumbres locales y terminan registrando antiguos contactos comerciales, influencias culturales y usos populares.
En el habla dominicana, los muebles también adquieren una carga afectiva. Una “cama columbina”, un “bastidor” o una “colchoneta” no describen solamente materiales. Pueden evocar una casa familiar, una habitación compartida, una mudanza, una infancia o una época en que los vecinos reconocían los oficios por la voz del trabajador.
El mueble como espejo de la sociedad
La historia general del mobiliario dominicano ayuda a ubicar el bastidor dentro de una transformación más amplia. Un recuento sobre la evolución del mueble en el país publicado por Hoy sobre la historia del mueble dominicano señala que la hamaca fue una de las formas tempranas de descanso y que, desde finales del siglo XIX, los cambios económicos, demográficos y culturales impulsaron nuevas formas de fabricar y utilizar muebles.
La misma revisión destaca que durante el siglo XX se adoptaron modelos franceses, ingleses, españoles y norteamericanos, reinterpretados con maderas criollas como la caoba, el cedro y el espinillo. Esa mezcla produjo un mobiliario que no era completamente extranjero ni completamente aislado: era el resultado de adaptar tendencias externas a los materiales, posibilidades y gustos locales.
El bastidor de alambre pertenece a esa misma historia de adaptación. No debe analizarse únicamente como un producto industrial. En la vida diaria dominicana se convirtió en una pieza integrada a la vivienda popular, reparada por trabajadores especializados y modificada según las necesidades de cada familia.
La investigación sobre artesanía dominicana publicada por Dominicana Online sobre cultura material describe la cultura material del país como una combinación de herencias indígenas, españolas y africanas, expresada mediante recursos como fibras, madera, guano, barro, conchas y materiales reutilizados. Aunque el atesado de bastidores no sea presentado allí como una artesanía formal, comparte con esas prácticas una lógica fundamental: convertir materiales disponibles en objetos útiles para la vida cotidiana.
Cuando desaparecer un oficio también borra una voz
La desaparición del atesador no se explica únicamente por el reemplazo tecnológico. También influyeron la fabricación industrial de camas, la expansión de los colchones modernos, los cambios en los hábitos de consumo y la reducción de los servicios callejeros especializados.
Cuando un oficio deja de ser necesario, desaparecen herramientas, técnicas y vocabulario. También se pierde una forma de relación entre el trabajador y la comunidad. El atesador no dependía de un local permanente: caminaba por el barrio, ofrecía su servicio y era llamado por quienes reconocían su pregón. Esa cercanía formaba parte de una economía local en la que la confianza se construía cara a cara.
El cambio produjo beneficios evidentes. Los colchones modernos ofrecen sistemas de soporte distintos y, en general, una experiencia de descanso más uniforme. Sin embargo, la comodidad contemporánea no elimina el valor histórico de las soluciones anteriores. Una sociedad puede avanzar sin despreciar los objetos que ayudaron a sostenerla.
💡 ¿Sabías que? La artesanía y los objetos utilitarios dominicanos reúnen influencias indígenas, españolas y africanas, según la documentación cultural recopilada por Dominicana Online.
Memoria, dignidad y patrimonio cotidiano
Durante mucho tiempo, los relatos sobre patrimonio se concentraron en grandes edificios, monumentos, fechas patrióticas y obras artísticas. Pero la memoria nacional también vive en los objetos humildes: una hamaca, una silla de guano, una mecedora, una cocina de carbón o un bastidor que alguien tensaba para que una familia pudiera dormir.
El atesador representa una idea profundamente dominicana de resolver con lo que se tiene. Su oficio habla de reparación, perseverancia y conocimiento práctico. También recuerda que muchas mejoras materiales llegaron poco a poco, negociadas entre el deseo de progresar y las posibilidades económicas del hogar.
La desaparición de este trabajador no debe convertirse en una imagen romántica de la pobreza. El bastidor podía ser incómodo, ruidoso y frágil; su permanencia en ciertos hogares también reflejaba desigualdades reales. Reconocer su importancia cultural exige contar ambas cosas: fue una solución útil y, para muchas familias, una señal de limitaciones que esperaban superar.
Aun así, la memoria del atesador devuelve dignidad a una labor que rara vez quedó registrada en documentos oficiales. Su historia se conserva en las voces de quienes recuerdan el pregón, en los nombres locales de las camas y en las imágenes de barrios donde reparar era una forma de cuidar.
El legado del atesador de bastidor no está en que debamos regresar a dormir sobre alambres tensados. Está en comprender cómo las familias dominicanas adaptaron los cambios, cómo los oficios sostuvieron la vida diaria y cómo un objeto sencillo puede revelar la estructura social de una época. Allí, entre el sonido del alambre y la voz prolongada del trabajador, permanece una parte genuina de la historia popular dominicana.
Referencias
Atesando el bastidor morado — Acento
Historia del mueble en el país — Hoy
Colombina — Fundéu Guzmán Ariza
Artesanía dominicana — Dominicana Online
La transmutación del mueble dominicano — Diario Libre
__
LTDMA es un portal dominicano y archivo histórico vivo donde recopilamos contenido evergreen que documenta todo lo que define a Quisqueya: su historia, cultura, música, progreso, belleza, logros y retos — y también todos los retos que forjan su carácter. Sin agenda política. Solo el propósito de preservar, para las generaciones presentes y futuras, el mejor registro de su hermosa identidad.























































