La frase “sociedades descerebradas ya están en marcha” golpea como un mazazo cuando uno mira el día a día dominicano: pantallas encendidas desde que amanece, consumo frenético de contenido, noticias convertidas en espectáculo y una avalancha tecnológica que no siempre viene acompañada de pensamiento crítico. Ese es el corazón del “Manifiesto contra la cultura chatarra” de Eduardo Sanguinetti, y es también un espejo incómodo para nuestra realidad.
Eduardo Sanguinetti: una voz incómoda para tiempos cómodos
Antes de aterrizar su crítica en nuestro contexto, vale ubicar quién habla. Eduardo Sanguinetti, nacido en Buenos Aires en 1951, es escritor, poeta, filósofo formado en la Universidad de Cambridge, artista y periodista, con reconocimientos como el doctorado Honoris Causa de la Universidad de Bolonia y una trayectoria que incluye libros como Escuchad buena gente (1980), El pedestal vacío (1994) y Big Relato (2007), según recoge el portal La tierra de mis amores. Lo suyo no es la crítica ligera; es una denuncia frontal a un modelo cultural que, en su visión, vacía a la sociedad por dentro mientras la entretiene por fuera.
En su “Manifiesto contra la cultura chatarra”, Sanguinetti describe un ecosistema cultural basado en la supresión del pensamiento crítico en nombre del placer y el confort, donde la política se transforma en “manifiesto de Photoshop” y las decisiones se mediatizan hasta volverse espectáculo. Esa mirada, aunque gestada fuera de nuestras fronteras, dialoga poderosamente con lo que vivimos en República Dominicana.
¿Qué es la cultura chatarra según Sanguinetti?
Sanguinetti utiliza el concepto de “cultura chatarra” para nombrar un tipo de cultura que:
- Anula o reduce la capacidad crítica.
- Promueve valores superficiales y consumistas.
- Masifica contenidos vacíos, homogéneos y descontextualizados.
- Convierte la experiencia humana en entretenimiento permanente.
En el texto reproducido por La tierra de mis amores, se cita una de sus frases más contundentes: la cultura chatarra sería “nuestra tumba”, porque la mitad de la humanidad contamina para producir y la otra mitad para consumir, en un ciclo que él vincula incluso con una reescritura del Apocalipsis. No se trata solo de contenidos triviales; se trata de un sistema, una lógica de vida donde todo se vuelve desechable: ideas, relaciones, tradiciones, incluso la memoria histórica.
Cuando Sanguinetti advierte que esta cultura “oscurece el adónde vamos, desbarata el dónde estuvimos” y nos deja sin respuestas claras a las preguntas “¿quiénes nos creemos que somos?” y “¿quiénes queremos ser?”, está apuntando directamente al núcleo de la identidad. Ahí la reflexión se vuelve profundamente dominicana.
República Dominicana ante el espejo: superficialidad y consumismo
La crítica a la masificación y al consumismo que plantea Sanguinetti encuentra paralelos claros en nuestra vida cotidiana. En las últimas décadas, la expansión de centros comerciales, franquicias internacionales de comida rápida, cadenas de tiendas y plataformas digitales ha transformado nuestros hábitos de consumo, especialmente en Santo Domingo y otras ciudades, como se puede rastrear en los análisis de urbanización y consumo publicados por medios nacionales y organismos de desarrollo económico.
A esto se le suma un ecosistema mediático donde la farándula, el escándalo político y el contenido viral ocupan buena parte de la atención pública, muchas veces por encima de la discusión profunda sobre educación, cultura y justicia social, fenómeno señalado por observadores de medios en el país en debates recogidos por la prensa nacional. En esta configuración, la “cultura chatarra” no es una teoría lejana: es la forma en que buena parte de nuestra agenda cotidiana se organiza.
Sanguinetti habla de la promoción de “antivalores” y del estímulo desenfrenado del consumismo. Cuando vemos cómo la publicidad local exalta la apariencia, el lujo aspiracional y el “éxito” medido en marcas, vehículos y viajes, esa descripción se vuelve inquietantemente familiar para cualquier dominicano que recorra la ciudad, desde las vallas en la 27 de Febrero hasta los anuncios personalizados en redes sociales.
La economía fáctica y la “economía fáustica”: vender el alma por hiperdesarrollo
Uno de los conceptos más incisivos del manifiesto es el de “economía fáustica”: un sistema donde el “infierno de Fausto no tiene límites” y el hiperdesarrollo depende de un subdesarrollo artificial, sostenido por una enorme burocracia global dedicada a “saldar cuentas”, según recoge el texto difundido por La tierra de mis amores. Es una economía que compra progreso a costa de sacrificar profundidad, equidad y sentido.
En República Dominicana, la tensión entre crecimiento económico y desigualdad social se discute cada vez más en informes de instituciones como el PNUD y la CEPAL, donde se reconoce que el país ha tenido importantes avances macroeconómicos, pero mantiene brechas en acceso a servicios básicos, calidad educativa y protección social. Esa discrepancia puede leerse como expresión local de esa “economía fáustica”: un modelo que promete modernidad, shopping y conectividad, mientras aún hay comunidades sin acceso pleno a agua potable, salud y educación de calidad.
La cultura chatarra encaja en esa lógica como un lubricante: entretiene, distrae, hace más digerible la desigualdad, convierte el malestar en espectáculo y el conflicto en meme. El riesgo es que terminemos aceptando un país donde se consume mucho, se opina mucho, pero se piensa poco.
Pérdida de pensamiento crítico: ¿sociedades descerebradas?
Tal vez la frase más dura del manifiesto es la que habla de “sociedades descerebradas” que ya están en marcha. En el texto reproducido, Sanguinetti se pregunta qué pasaría si la cultura comenzara a mirar a la humanidad y lanza una imagen inquietante: la cultura chatarra invadiendo los cuerpos a través de las ondas de los teléfonos celulares, fagocitando a la sociedad, algo que él considera que ya ha ocurrido, según el análisis de La tierra de mis amores.
En República Dominicana, el uso intensivo de teléfonos inteligentes y redes sociales es evidente en todas las capas sociales, fenómeno documentado en estadísticas de penetración de internet y telefonía móvil que muestran crecimientos sostenidos en la última década. La conectividad ha abierto puertas maravillosas: acceso a educación, emprendimientos digitales, difusión de nuestra música y nuestro talento. Pero también ha multiplicado la exposición a contenido superficial, desinformación y discursos de odio.
La pérdida de pensamiento crítico no se mide solo en encuestas; se percibe en la facilidad con que se viralizan noticias falsas, en la dificultad para sostener debates públicos basados en datos, en la reducción de la política a eslóganes y campañas visuales donde el “Photoshop” de la imagen importa más que la consistencia del programa, tal como advierte Sanguinetti en su crítica a la política espectáculo. Esa deriva nos preocupa como sociedad porque pone en riesgo decisiones que afectan nuestro futuro compartido.
Cultura masificada vs. cultura viva dominicana
La cultura chatarra se caracteriza por homogeneizar, por hacer que todo se parezca a todo: mismo ritmo, mismo formato, misma estética. En contraste, la cultura dominicana auténtica es profundamente diversa: desde el merengue y la bachata hasta los palos, la salve, el gagá, el son montuno y las fusiones contemporáneas; desde las tradiciones de los campos cibaeños hasta las expresiones urbanas de barrios de Santo Domingo, Santiago o San Pedro de Macorís.
Organismos como el Ministerio de Cultura han defendido en múltiples iniciativas la idea de “cultura viva”, apoyando festivales, casas de cultura, encuentros literarios y proyectos comunitarios que mantienen encendida la llama de nuestras tradiciones, según se recoge en comunicados institucionales sobre talleres y programas culturales. Esta lucha por la cultura viva es, en el fondo, una resistencia silenciosa contra la masificación del gusto y la homogenización digital.
El manifiesto de Sanguinetti puede leerse, desde República Dominicana, como una invitación a mirar con más atención qué consumimos culturalmente: ¿más reality shows que documentales locales?, ¿más música enlatada que producción dominicana emergente?, ¿más series extranjeras que cine hecho aquí? La pregunta no es prohibitiva, sino consciente: ¿qué tipo de cultura alimenta nuestra identidad y qué tipo de cultura nos vacía?
Tecnología e inteligencia artificial: ¿aliadas o herramientas de chatarra?
Sanguinetti es especialmente crítico con la inteligencia artificial, a la que acusa de prácticas “plagiarias” que toman miles de años de civilizaciones y los remasterizan a conveniencia de quienes obtienen dividendos, todo esto frente a una “imbecilidad de sociedades descerebradas”, según se recoge en la reproducción de su manifiesto. Para él, la IA corre el riesgo de convertirse en un instrumento más de esa cultura chatarra globalizada, que uniformiza contenidos y reemplaza creación por repetición.
En República Dominicana, sin embargo, la conversación sobre IA ha tomado un rumbo más matizado. Por un lado, el país ha impulsado proyectos como la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial y programas masivos de formación en IA como RD Inteligente, anunciados por el gobierno con la meta de capacitar a un millón de personas en herramientas de inteligencia artificial y competencias digitales, según reporta El Nuevo Diario sobre el programa RD Inteligente. Por otro lado, organismos como la UNESCO han destacado que República Dominicana fue el primer país de Centroamérica y el Caribe en completar la herramienta de evaluación ética de IA (RAM), subrayando su compromiso con una gobernanza responsable de esta tecnología, como se recoge en el comunicado oficial de UNESCO.
Esta doble realidad nos coloca ante una elección: la IA puede ser otra herramienta de cultura chatarra —amplificando contenido vacío, automatizando el sensacionalismo, sustituyendo creación por producción masiva— o puede ser un instrumento poderoso para preservar y difundir nuestra cultura, siempre que la usemos con criterio.
💡 ¿Sabías que? La República Dominicana obtuvo el primer lugar en el “benchmark cultural” de Latam GPT, el primer gran modelo de lenguaje abierto de América Latina, con una puntuación de 16.2% que refleja la presencia de contenido dominicano en el entrenamiento del modelo, según el reporte de Roberto Cavada sobre Latam GPT.
Ese dato revela que, cuando se diseña tecnología con enfoque regional, la cultura dominicana no solo se preserva: se convierte en referencia. Es un contraejemplo concreto a la idea de que toda IA debe necesariamente ser cultura chatarra. Pero también nos advierte: si no participamos en estos procesos, otros decidirán qué parte de nuestra esencia se representa y cuál se omite.
Hacia una ética dominicana frente a la cultura chatarra
La crítica radical de Sanguinetti puede sentirse exagerada, incluso apocalíptica. Pero toma otra dimensión cuando la cruzamos con hechos: el país está discutiendo códigos de ética para la IA, la UNESCO ha apoyado la elaboración de marcos éticos, y se desarrollan talleres sobre propiedad intelectual y derecho de autor en industrias culturales, donde se analizan los desafíos legales de la creación asistida por inteligencia artificial, según informó el Ministerio de Cultura en una nota institucional.
Todo esto habla de una sociedad que no quiere ser “descerebrada”, que intenta pensar su relación con la tecnología y con la cultura desde la responsabilidad. El manifiesto de Sanguinetti, lejos de ser una sentencia inevitable, puede funcionar para nosotros como advertencia y brújula.
La pregunta es qué hacemos, como dominicanos, con esa brújula.
Orgullo, identidad y llamado a la acción
Frente a la cultura chatarra globalizada, la respuesta dominicana no puede limitarse a la nostalgia. No se trata solo de lamentar la pérdida de valores; se trata de activar nuestros valores en el presente:
- Defender el pensamiento crítico en las escuelas, universidades y medios.
- Apoyar creadores dominicanos que proponen contenidos profundos, diversos y arraigados.
- Exigir políticas culturales que no se queden en eventos simbólicos, sino que fortalezcan de verdad la cultura viva en barrios, campos y ciudades.
- Usar la tecnología —incluida la IA— para documentar, narrar y democratizar nuestra memoria: desde archivos digitales de música típica hasta plataformas que visibilicen saberes comunitarios.
La cultura dominicana ha sobrevivido a colonizaciones, dictaduras, crisis económicas y oleadas globales de modas pasajeras. Ha resistido porque vive en la gente: en la forma de hablar, de celebrar, de bailar, de cocinar, de llorar y de luchar. Pero esa resistencia ya no puede ser solo instintiva; tiene que ser consciente.
El “Manifiesto contra la cultura chatarra” nos incomoda, sí. Nos obliga a mirarnos con honestidad: ¿cuánto de lo que consumimos cada día nos alimenta como pueblo, y cuánto nos vacía? La buena noticia es que la respuesta no está escrita en ninguna pantalla, ni en ninguna plataforma, ni en ningún algoritmo. Está en nuestras decisiones cotidianas.
Si convertimos en hábito elegir cultura dominicana auténtica, apoyar proyectos que preservan nuestra memoria, cuestionar narrativas superficiales y usar la tecnología con criterio, entonces esa “tumba” que Sanguinetti asocia a la cultura chatarra no será la nuestra. La nuestra puede seguir siendo una cultura que, aun bajo el ruido global y la avalancha digital, encuentra su camino propio: crítico, creativo y profundamente humano.
¿Qué estás poniendo hoy en tu “menú cultural” dominicano: alimento que fortalece tu identidad, o chatarra que te la va borrando sin que te des cuenta?
Referencias
Manifiesto contra la cultura chatarra: análisis y contexto dominicano (La tierra de mis amores)
RD Inteligente: hacia un millón de dominicanos formados en IA (El Nuevo Diario)
UNESCO presenta estudio sobre el ecosistema de IA en República Dominicana
Taller sobre propiedad intelectual para emprendedores culturales (Ministerio de Cultura)
República Dominicana lidera el benchmark cultural de Latam GPT (Roberto Cavada)
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